10 sept. 2017

El sello de la libélula, de Kyra Galván



Si el amor es un naufragio ha de llevarnos siempre a otra orilla. Al concluir la lectura de El sello de la libélula, la más reciente novela de Kyra Galván, tenemos la sensación de haber naufragado y arribado a una orilla diferente. Las emociones nos han agitado como las olas de un mar embravecido y hemos caminado al filo de un peligro mortal que nos embriaga sin embargo de deseo porque desde la primera hasta la última página el Amor derrama a través de Kyra y sobre nosotros sus jeroglíficos.

Erika es una joven mujer que tiene la fortuna de conocer el Oriente debido al trabajo de Andrei, su marido, en la banca internacional. Con una niña pequeña de nombre celestial, Andrómeda, debe trasladarse a Tokio para proseguir su vida de casada y su desarrollo personal. El país del Sol naciente la recibe con las puertas cerradas, recordándole a cada paso su extranjería. La angustia de no poseer los códigos para descifrar la compleja sociedad en que se ve inmersa pone a Erika en una situación psíquica y emocional límite. 
Es entonces cuando ocurre la magia. Erika se transforma sin darse cuenta y puede percibir una inefable espiritualidad. La hierofanía la elige para manifestarse en forma de libélula y la marca de manera indeleble. 

Kyra Galván es poseedora de una narrativa magistral en la que amalgama su sensibilidad de poeta con sus finas capacidades de investigadora. En El sello de la libélula entrevera una historia muy poco conocida de la época novohispana, pues reactualiza un documento precioso, Relación y noticias del reino del Japón, de Rodrigo de Viveros, para recuperar de entre las capas del tiempo la historia de Álvaro De las Casas y la pescadora Tonbo, que dará sentido a la iniciación espiritual de Erika en tierras japonesas.

Autobiográfica en buena medida, la novela de Kyra Galván nos va desleyendo de clichés y tópicos sobre Japón  para hacernos legible la misteriosa complejidad del oriente. Como los pétalos del crisantemo, las posibilidades de estrellarnos contra lo incomprensible del alma del Japón son numerosas. Por ello la aventura de Erika es tan interesante, porque nos transmite el estado de humildad en que ha de ponerse el intelecto occidental al pretender estudiar una construcción cultural tan imponente, tan inabarcable como la japonesa. Revisar el choque cultural que aconteció entre el imperialismo católico hispánico y el Japón en el siglo XVI es un ejercicio tan interesante como necesario en este siglo tan globalizado aparentemente. En la novela vemos transparentarse las capas del tiempo como las alas de una libélula y quedamos reflexivos con respecto a la mística de la reencarnación de las almas y que esto debe ser así para que pueda cumplirse un guiri, "que es una obligación que no se deshace ni con la muerte".

El sello de la libélula es también una historia mágica en la que nos adentramos como Tonbo, la pescadora de ostras, en el mar del origen. Y es, por encima de todo,  una historia de amor en la que podemos intentar comprender la parte que nos toca desempeñar, como efímeros humanos, en el misterio del mundo.